Dando responsabilidades a nuestros pequeños

En la infancia la responsabilidad se va adquiriendo por imitación del adulto y por la aprobación social, que sirve de refuerzo. El niño siente satisfacción cuando actúa responsablemente y recibe el reconocimiento de los demás, lo que a su vez favorece su autoestima.

En los primeros años de la vida del niño la responsabilidad tiene que ir asociada al juego y, paulatinamente, se irá incorporando a otras actividades menos placenteras, hasta dar paso a la obligación.

¿Pero por qué es importante iniciar a los niños en la responsabilidad desde pequeños? Porque en un entorno en el que se valora la responsabilidad se genera respeto hacia los demás y hacia uno mismo, lo que a la larga contribuye a que los seres humanos seamos más libres y felices.

Podemos comenzar desde que los niños tienen 2 ó 3 años. Al principio será únicamente pedirles colaboración para recoger sus juguetes, su ropa o en tareas muy sencillas porque aún no poseen autocontrol y deben ser supervisados continuamente.

A partir de los 3 ó 4 años cobra más importancia la imitación del adulto y el niño puede desnudarse solo, vestirse con ayuda, poner algunas cosas en la mesa, aprende a esperar turno y a compartir con sus amigos.

Sobre los 4 ó 5 años sus deseos de agradar hacen que empiece a tener iniciativas responsables, es bastante autónomo en la comida y en el aseo personal y se le puede encomendar alguna tarea básica.

Entre los 5 y los 6 años, ya ha aprendido bastantes conductas aunque aún necesita que el adulto le diga lo que debe hacer y lo que no. Se les debe empezar a presentar dos opciones para que elija. Empieza a despertar la intencionalidad; el niño asimila algunas normas y se comporta de acuerdo con las mismas.

Entre los 6 y 7 años ya puede prepararse los materiales que necesita para realizar una actividad. Es una edad en la que aprende costumbres sociales y tiene el deseo de ser bueno; si no lo es culpa a los demás o a las circunstancias porque no soporta que le consideren malo.

Sobre los 8 años, aunque todavía necesita supervisión, podemos decir que comienza la auténtica autonomía del niño y ya puede controlar sus impulsos, prever las consecuencias de sus actos y organizar su tiempo y en los juegos. Se le pueden dar responsabilidades diarias como ir al cole con amigos (si está muy cerca de casa), prepararse el desayuno, bañarse, etc… En este período se pone de manifiesto que, si la educación es demasiado autoritaria, los niños se tornarán sumisos y faltos de iniciativa; por el contrario si la educación es demasiado permisiva, los niños serán caprichosos e irresponsables. Hay que intentar mantener una actitud con ellos que aún favoreciendo la iniciativa, mantenga la exigencia.

Entre los 9 y los 11 años, el niño ya es bastante autónomo en sus intenciones y puede encargarse de alguna tarea doméstica y hacerla con cierto nivel de perfección. Suele solicitar recompensa por lo que se le encomienda. Empieza a querer tomar decisiones y a oponerse al adulto con cierta rigidez para afianzar su yo frente a los demás.  Se identifica con su grupo de amigos y acata lo que dice el jefe del grupo. Le gusta mandar sobre niños menores.

Entre los 11 y los 12 años, la influencia de los amigos comienza a ser decisiva y su conducta estará influenciada en gran parte por el comportamiento que observa en ellos. En esta etapa la crítica suele ser muy frecuente y dirigida hacia sus padres y profesores; no le gusta que le traten de un modo autoritario, como a un niño; reclama autonomía en todas sus decisiones. Su comportamiento suele ser mejor fuera del entorno familiar. Desea obrar por su propia iniciativa, aunque se equivoque.

 

Hay que tener en cuenta que existen ritmos distintos de desarrollo en función de diferencias individuales y que suelen darse avances y retrocesos en cuanto a la adquisición de la responsabilidad como en cualquier otro ámbito educativo.

 

Y es muy importante tener en cuenta que:

  • Es necesario tener muy claras las responsabilidades de cada miembro de la familia y que todos las conozcan. 
  • La coherencia entre los  padres a la hora de exigir responsabilidades es fundamental.
  • No debemos exigirles a nuestros hijos lo que no nos exigimos a nosotros mismos.
  • La paciencia y tolerancia son actitudes imprescindibles si queremos ayudarles a que crezcan responsables.
  • Debes intentar no hacer tú lo que tu hijo sea capaz de hacer por sí mismo.
  • Hay que adecuar el grado de exigencia y el tipo de responsabilidad a su desarrollo.
  • Estar atento a  los progresos de autonomía personal o en hábitos de responsabilidad porque una palabra cariñosa o una muestra de afecto, ayudan a consolidar lo aprendido y motiva para intentarlo de nuevo.
  • Es necesario reconocer y valorar el esfuerzo, aunque el resultado final no sea el esperado.

 

¡Mucha paciencia y buena suerte!  

Artículo exclusivo paraHNHC de Paloma Bermejo Cuevas. Psicóloga y psicoterapeuta especialista en trastornos de conducta y problemas escolares. 


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